viernes, 27 de febrero de 2009

Un lugar llamado Richmond

Se encuentra situado al sur-oeste de Londres, a menos de cuarenta y cinco minutos de la capital, y durante décadas ha sido el lugar de descanso preferido de la realeza.

Nos subimos al metro en la parada de Warren Street, yo como siempre queriendo saber más: ¿cuál es el destino? – pregunto una y otra ves- y después de poco más de 45 minutos salimos a una pequeña estación que nada tiene que ver con la que hemos dejado atrás.

Un sin fin de casas clonadas, una mezcla entre estilo colonial e inglés, nos rodean. Un sol que nos confunde -cambiamos el otoño por el verano-, y una serenidad nos hace dudar de que todavía estemos en este mismo país. Un barullo importante de personas sigue calle arriba y se pierde entre las callejuelas llenas de encanto de este distrito

Nosotros seguimos nuestro camino perdidos pero con un objetivo.

Después de 20 minutos caminando entre las casas se abre delante de nosotros llanuras verdes y más verdes, en medio el río Támesis un regalo para la vista, para el oído, en general para los sentidos.

Igual que los niños de Mary Popinns cuándo saltan dentro de la pintura y con sólo eso, con un salto, cambian la cruda realidad por un entorno que para definirlo la palabra belleza se queda corta, así es como me siento yo.

La persona que va conmigo, me quiere tanto, que sacrifica su disfrute por el mío. Me mira una y otra vez y analiza mis gestos uno a uno y yo, un poco egoísta, me siento como una niña con zapatos nuevos que no puede dejar de mirárselos.

Nos compramos un helado gigante y seguimos caminando por los senderos; por un instante, pienso dónde estarán los míos ahora. Y no puedo sino esbozar una sonrisa porque por más que alguien pensara dónde estoy yo jamás se lo imaginarían.

Subimos una cuesta pronunciadísima y cambiamos el color verde por el color amarillo de la sabana africana. Me sorprende que frente a nosotros hay 5 ó 6 fotógrafos especializados –lo intuyo por las cámaras que llevan- pero no soy capaz de saber hacia dónde enfocan sus objetivos pues yo no veo nada.

De repente, la persona que va conmigo, esa que me quiere tanto, me coge del brazo presionándome un poco y me susurra al oído que me quede quieta. Y Ahí, justo frente a nosotros un reno inmenso, fascinante se yergue como si nada. Contengo la respiración durante unos segundos y busco la mirada cómplice de mi acompañante.

Dios es grande, pienso.

jueves, 26 de febrero de 2009