
El nombre es la denominación verbal que tiene una persona. Yo, Concha. Sin embargo, ¿qué pasa cuando la gente no te denomina por el nombre que te han puesto? En mi caso dejo de ser una para convertirme en varias y eso no tiene precio.
Para recordar la primera vez que sufrí este fenómeno tengo que hacer un viaje al pasado y recordar aquellos maravillosos años en los que era “el platico de sopa”, así me llamaba mi padre haciéndome sentirme grande, única. Después, también para él, fui su guitarra “no me gusta esta guitarra que la toco y se desmadra” me decía mientras yo intentaba por todos los medios no reírme. Unos amigos suyos que tienen un bar cerca de casa me decían y me dicen Rosa (todavía no sé el porqué)
En la etapa del colegio siempre -y eso fue igual tanto para mis hermanos como para mí- éramos los hijos de doña Mª Luisa.
Luego llegó el instituto y pensándolo bien esa ha sido la etapa más fiel a mí o mejor dicho, a mí nombre real.
En la Universidad llegó el desmadre y dejé de ser Concha para ser Conch, Loca o, para mis queridos José y Jorge, Concho (anda que no nos reíamos).
Más adelante me gané el título de Princesa de la Peineta (es lo que tiene estar vinculada al mundo de la danza) que hoy todavía ostento. Gracias Emilio!!!
Luego llegaron las temporadas y los veranos en el pueblo y fui la Murciana, Blanquita, Nena para mí adorado Cao aunque últimamente, me llame Cabra, jajaja.
Hoy la variedad de nombre a los que soy capaz de responder es francamente inmensa: para Javi Class soy, según le pille: Amparo, Rosa, María,… (Se puede pensar que se equivoca pero… NO, sé que le mola cuando me llama por alguno de éstos nombres y me vuelvo con una sonrisa de complicidad).
Para otros Tronca o en su defecto “Tron” éste último, en sus dos variedades, sí que no me gusta nada sobre todo, viendo la lista anterior pero bueno…Ahora esa misma persona me llama Baby, tampoco es que me guste pero sopesándolo, sobran las palabras.
Alguno se me olvida seguro pero nunca es bueno decirlo todo.
Para recordar la primera vez que sufrí este fenómeno tengo que hacer un viaje al pasado y recordar aquellos maravillosos años en los que era “el platico de sopa”, así me llamaba mi padre haciéndome sentirme grande, única. Después, también para él, fui su guitarra “no me gusta esta guitarra que la toco y se desmadra” me decía mientras yo intentaba por todos los medios no reírme. Unos amigos suyos que tienen un bar cerca de casa me decían y me dicen Rosa (todavía no sé el porqué)
En la etapa del colegio siempre -y eso fue igual tanto para mis hermanos como para mí- éramos los hijos de doña Mª Luisa.
Luego llegó el instituto y pensándolo bien esa ha sido la etapa más fiel a mí o mejor dicho, a mí nombre real.
En la Universidad llegó el desmadre y dejé de ser Concha para ser Conch, Loca o, para mis queridos José y Jorge, Concho (anda que no nos reíamos).
Más adelante me gané el título de Princesa de la Peineta (es lo que tiene estar vinculada al mundo de la danza) que hoy todavía ostento. Gracias Emilio!!!
Luego llegaron las temporadas y los veranos en el pueblo y fui la Murciana, Blanquita, Nena para mí adorado Cao aunque últimamente, me llame Cabra, jajaja.
Hoy la variedad de nombre a los que soy capaz de responder es francamente inmensa: para Javi Class soy, según le pille: Amparo, Rosa, María,… (Se puede pensar que se equivoca pero… NO, sé que le mola cuando me llama por alguno de éstos nombres y me vuelvo con una sonrisa de complicidad).
Para otros Tronca o en su defecto “Tron” éste último, en sus dos variedades, sí que no me gusta nada sobre todo, viendo la lista anterior pero bueno…Ahora esa misma persona me llama Baby, tampoco es que me guste pero sopesándolo, sobran las palabras.
Alguno se me olvida seguro pero nunca es bueno decirlo todo.


